martes, 27 de diciembre de 2011

Secretos del Reino Animal

Fecha, hora y coyuntura sentimental se habían complotado aquella tarde contra Raúl, aventurero caído en desgracia ante el intento vano de evitar ese paseo de compras con su prometida.

Rechazó cortésmente la invitación al patio de comidas, alegando malestar estomacal producto de la desmedida ingesta de ofertas y promociones, que rebalsaban ostentosas en las vidrieras del poderoso templo capitalista.

Pero sí ordenó agua con gas, sólo para observar el ascenso triunfal de las burbujas y así regocijarse un instante con ese

oasis dentro del desierto de ideas.

Mientras ella satisfacía su hedonismo compulsivo, poniendo a prueba su deteriorado estado físico, él permanecía inmóvil en el campo de batalla, analizando el comportamiento paranormal de una clienta que exigía cómodas cuotas para el pago de una prenda.

Aquello depositó en un segundo plano la imagen de la treintañera que merodeaba la zona, y cuyas curvas resultaron para Raúl imposibles de juzgar a raíz de la incontable cantidad de productos que sostenía enajenada.

Quiso prestar atención al altoparlante de otro recinto, que anunciaba precios bajos para socios adheridos a una tarjeta de índole VIP. Para beneplácito de su orgullo no alcanzó a oír la marca: lo había impedido el ensordecedor llanto de una adolescente, obstinada en convencer a su madre de las ventajas de tener celular nuevo.

El tiempo no jugó a favor de Raúl. Al contrario, continuó siempre intransigente en su afán de hacer de esa jornada una oda a Lucifer. Consciente de la desventaja que llevaba, tragó el sólido blanco que sus colegas de lucha allí presentes llamaban analgésico, y que la juraban hacedora de bienestar.

Ya bajo los efectos del comprimido, negoció un acuerdo con el enemigo intangible, a quien le prometió eterno respeto a cambio de una retirada pacífica.

El tránsito humano disminuyó su intensidad hacia las primeras horas de la noche. Su prometida, ignorante del conflicto, se disponía a anunciar el final de la odisea cuando, inesperadamente, se encontró con un derrotado Raúl, que suplicaba, de rodillas al promotor, un descuento por pronto pago. La tregua había fracasado.

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