martes, 7 de agosto de 2012

Un súper mercado


El señor Trimarchi estaba nervioso. Tenía que justificar la reunión de último momento con su jefe.
-Licenciado Bisconti, sostengo que sería apropiado renunciar al cometido. –dijo.
-¿A qué se refiere, señor Trimarchi?
-Someter las papilas gustativas de nuestros clientes a semejante experiencia de sabor puede volverse peligroso.
Su jefe lo miró con recelo.
-¿Juzga usted reprochable la calidad de nuestros productos? –cuestionó.
-Todo lo contrario, licenciado. Precisamente, es su exquisitez lo que me tiene preocupado.
-Explíquese, señor Trimarchi.
El empleado revolvió algunas hojas, y continuó:
-Mire, es la segunda vez que formo fila en el supermercado y me enfrento con situaciones infelices provocadas por nuestras galletitas. En mi caso sucedió con la línea Crachitas, pero sospecho que toda la gama de productos Franbún está implicada.
El licenciado Bisconti frunció el ceño.
-Cuénteme del episodio –dijo.
-¿Cuál entre los dos?
-Cualquiera, señor Trimarchi. No ande con vericuetos.         
-Discúlpeme, Licenciado. Procedo a relatarle el último de ellos: resulta que estaba yo aguardando mi turno en la caja cuando reparé en un niño de modos inquietos. Apenas superaba los diez años, lagrimeaba y sujetaba tenazmente la camisa de su madre en un evidente gesto de reclamo.
-¿Por qué motivo llorisqueaba el precoz, señor Trimarchi?
-Según la lógica del diálogo que alcancé a escuchar, la madre le prohibió llevarse un ejemplar de la línea Crachitas rellenas con dulce de leche.
El licenciado Bisconti apuntó con un dedo a su empleado y protestó:
-¿Está usted insinuando que un niño infeliz es la razón por la cual Franbún debería retirar sus productos del mercado?
El señor Trimarchi temblaba:
-Bajo ningún punto de vista, Licenciado. Con todo respeto, es que no me dejó continuar con la historia.
-Entonces hágalo, por favor, y le ruego que direccione su relato hacia los aspectos relevantes.
-Sí, licenciado –devolvió Trimarchi, que subrayaba palabras intrascendentes en sus apuntes- Resulta que al niño no le bastaron los argumentos esgrimidos por su madre, por lo cual acentuó su reclamo hasta mutar la escena en un escándalo.
-Justifique si es tan amable el calificativo de escandaloso. –desafió el jefe.
-Resulta, licenciado, que la escena llamó la atención de todos los presentes y hasta forzó la intervención del personal de seguridad.
-Señor Trimarchi, está usted agotando mi paciencia con el ejercicio retórico de evadir las cuestiones centrales del relato. Si no me brinda las explicaciones pertinentes, me veré obligado a ignorarlo y a relevar un informe haciendo énfasis en su comportamiento extraño.
-Le pido nuevamente disculpas, Licenciado. Elijo detallar para que logre usted representarse los hechos  adecuadamente.
-Señor Trimarchi, no necesito transformar esta reunión en un encuentro literario. Usted pretende poner en juego el futuro de productos Franbún, y su servidor, gerente comercial de esta prestigiosa empresa, desea saber los motivos. Cada palabra prescindible de su relato es un instante perdido de mi valioso tiempo. ¿Sería capaz de comentarme qué hecho concreto activó el desenlace al que usted hizo referencia?
-Le ruego que entienda, licenciado, que no se remite a un factor específico. Es más bien el desencadenamiento de diversos sucesos que fueron agravándose. Prosigo –dijo el señor Trimarchi acomodando los papeles-: al insistente tironeo de la camisa de la madre y al llanto caprichoso, les sucedieron los gritos. Primero los de él, acusándola de esotérica y de faltar a la justicia. Por lo que pude deducir, un segundo hijo completaba el triángulo de la historia, uno que, según recordaba el primero, había sido beneficiado con una importante golosina el día anterior.
-En efecto, obraba con criterio el niño al hacer ese reclamo. –Opinó el licenciado Bisconti, mostrando mayor interés.
-Pero espere a conocer la réplica de la madre. La señora, elevando aún más el volumen de los gritos, le recriminó a su hijo calificaciones bajas en un examen. Evidentemente, su hermano se merecía la golosina, no así él las galletitas de la línea Crachitas rellenas con dulce de leche. ¿Comprende?
-Comprendo. Habría que estar al detalle de los acontecimientos previos al día señalado para dar un veredicto juicioso. –Agregó Bisconti, de pie y sosteniéndose el mentón.
 -Sin ninguna duda, licenciado. Esa es la razón por la cual deseché la posibilidad de intervenir. –explicó Trimarchi, más aliviado.
-Algo quedó en el debe, señor Trimarchi: ¿Cuándo se concretó la intervención del personal de seguridad?
-Luego de que una clienta murmurara palabras a su oído antes de retirarse con el carro repleto. Tenga en cuenta que el enfrentamiento crecía en intensidad y a esa altura ya incluía insultos.
-¿El precoz faltó el respeto a su madre?
-Fue recíproco. ¿Me creería usted si le dijera que la señora planteó la pelea en código infantil? No vaciló en mostrar sus lágrimas y hasta le recriminó a su hijo cuestiones menos superficiales. Algo relativo al desinterés de él hacia los problemas de ella.  
-Qué imprudente la madre, señor Trimarchi, ¡esos no son asuntos para discutir con una criatura!
-Coincido con su apreciación, Licenciado. Para entonces la madre ya no estaba asistida por la cordura. La situación se tornó incómoda para los de la fila, mientras madre e hijo continuaban agrediéndose frente a la cajera y al personal de seguridad. Pero se sorprenderá cuando sepa que nada de lo sucedido hasta el momento fue en definitiva lo más curioso. Ese calificativo queda reservado para el final.
-¡Cuénteme! –exclamó el licenciado Bisconti.
 -La madre no estuvo en condiciones de controlar la situación, por ende aflojó las rodillas y se dejó caer. Todos notamos que desde el piso observaba con detenimiento la góndola de bebidas, aunque parecía absorta en algún pensamiento triste. Permaneció inmóvil durante algunos minutos, rechazando la ayuda de terceros.
Bisconti le dio la espalda a su empleado en actitud pensativa.
-¿Qué hizo el precoz mientras tanto, señor Trimarchi?
- Aprovechó el desliz emocional de su madre para tomar su cartera y sustraer de allí los cuatro pesos con setenta y cinco centavos necesarios para adquirir nuestro producto. Por supuesto que la cajera lo impidió. ¿Pero entiende hacia dónde voy? A la hora de decidir entre su madre y Franbún, la criatura nos eligió a nosotros. Me pregunto si no estaremos atentando contra los valores de la familia.
Bisconti, del otro lado de la sala, reflexionó. Volvió a mostrarse y apoyó sus manos en la mesa.
-Un desenlace a la altura de los acontecimientos, y una historia de tintes dramáticos. Sin embargo, señor Trimarchi, sería imprudente de mi parte supeditar los capitales de la empresa a los caprichos de un infante.
-Licenciado, este es apenas un ápice del conjunto de factores. ¿Dispone de tiempo para atender a la segunda anécdota?
En ese momento llamaron a la puerta. Sin esperar permiso entró el ingeniero Ronchetti, alterado:
-Licenciado Bisconti, la asamblea está aguardando su presencia en la sala de conferencias para dar inicio a las sesiones ordinarias. ¿Qué razón amerita semejante retraso? –interpeló.
-Ingeniero Ronchetti, dispénseme por el incumplimiento de los horarios debidamente pactados con usted vía telefónica. Sucede que el señor Trimarchi, a quien le presento mediante este sencillo y desprolijo acto –dijo Bisconti señalando a su empleado-  vio la imperiosa necesidad de convocarme a una reunión de carácter urgente. Amparado en evidencias discutibles, cree menester el paso a retiro de productos Franbún.  
Con los ojos puestos en Trimarchi, Ronchetti sostuvo:
-Licenciado Bisconti, apelo a mi intachable juicio para pensar que los motivos que alega el empleado deberían ser atendibles si por ello usted osa concretar tamaño desplante a la junta directiva.
-Una vez más, ingeniero, me permito felicitarlo por sus atinadas conclusiones. En efecto, los argumentos del señor Trimarchi debieran considerarse, ya sea que determinen o no el futuro inmediato de tan prestigiosa empresa.
-Tenga a buen criterio facilitarme los detalles que hacen factible la desaparición de productos Franbún.
También tembló Bisconti al relatarle a Ronchetti con delicada precisión lo ocurrido en el supermercado. Finalizada la exposición, el ingeniero dirigió la palabra a Trimarchi:
-¿Es cierto que fue testigo usted de un segundo altercado de características similares?
-Absolutamente –respondió el señor Trimarchi.
-Y dígame, ¿haría falta conocer sus pormenores o podríamos considerarlo como un elemento más sin necesidad de agotar más minutos de nuestro invaluable tiempo?
-El segundo caso, ingeniero Ronchetti, conduce a las mismas conclusiones que el primero. Bien podríamos no abordarlo e iniciar sin miramientos el debate pertinente.
-Licenciado Bisconti, me enorgullece y tranquiliza por igual tener conocimiento de empleados tan comprometidos con el porvenir de productos Franbún. No obstante, mi apreciación no implica concordancia con las alternativas planteadas.
Aquí el señor Trimarchi arriesgó decir:
-Con el debido respeto que le otorga su magnánima investidura, ingeniero Ronchetti, me doy permiso a prescindir del protocolo e instar tanto a usted como al licenciado Bisconti a abandonar el edificio so pretexto de adentrarnos en el supermercado más próximo, para dar cuenta de indeseables que ocurran en torno a la adquisición de un producto de la gama Franbún. Arriesgo en esta causa mi honrado puesto, firme en mis convencimientos de que en estos términos, nuestras deliciosas galletitas serán únicas responsables de un descalabro cultural.
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-Señor Trimarchi, ¿habrá sido prudente usted al inclinarse por este horario para demostrar su hipótesis? No percibo suficiente movimiento en este reducto de orientales -dijo el ingeniero Ronchetti mientras sujetaba y observaba un paquete de Crachitas.    
-Ingeniero, será excluyente que usted se abandone a la paciencia. De lo contrario, sugiero que retome su agenda habitual y desestime el asunto. –se atrevió a responder Trimarchi, a lo cual el licenciado Bisconti agregó:
-No puedo menos de imaginar que semejante entrega a esta causa tiene fundamento en la razón, habida cuenta de que el señor Trimarchi está apostado el futuro de su estabilidad económica en ella.
Pocos segundos después, un adolescente recorría con su mirada la góndola de galletitas.
-Estimados, préstense a observar al detalle el comportamiento del cliente. –advirtió Trimarchi a sus jefes, a metros del comprador.
-Figúrense que sus ojos aparentan desorbitarse en estos instantes en que no logran dar visualmente con nuestro producto. –agregó.
-¿Qué basamento sostiene su afirmación de que el lampiño se halla a la búsqueda de un producto Franbún? –preguntó el ingeniero Ronchetti.
-Cedo al transcurso del tiempo la respuesta a sus dudas. –respondió Trimarchi con seguridad.
Finalmente, el adolescente eligió un paquete de Crachitas rellenas con dulce de leche. El licenciado Bisconti sonrió.
-Adivinó, Trimarchi. Sin embargo, lejos está la escena de tornarse escandalosa.
-Le ruego, licenciado, que espere a ver la reacción progresiva del virginal cuando perciba que la demora para efectuar el intercambio de dinero por producto no estará por debajo de los cinco minutos. ¿No ve la cantidad de clientes que aguardan su turno en la caja? Sumado a esto, la empleada pareciera no estar avezada en la tarea de cobrar. Auguro un desenlace infeliz.
El ingeniero Ronchetti intervino:
-En efecto, observo que el lamíño carece de facultades para controlar su sistema nervioso. Ahora sus hombros y rodillas obran bajo la tutela de un intenso temblequeo.
-Note además la frecuencia con que tuerce el brazo para revisar la hora. –agregó Trimarchi.
-¿Es mi ángulo de visión el que me engaña o ciertamente el púber intenta comunicarse con la vendedora desde su posición? –consultó Bisconti. Su superior replicó:
-En vano realiza tal empresa, visto y considerando que la nacionalidad de la empleada y su inexperiencia implican desconocimiento total del idioma castellano.
-Esto pareciera reafirmar aun más su nula parsimonia. –subrayó el licenciado.
-Afloran las primeras víctimas –remarcó Trimarchi-. La integrante de la fila que precede al virginal acaba de reprocharle a éste cierta falta de respeto. 
 Bisconti agregó:
-No supone esto una solución al conflicto. El púber comienza a priorizar gestos iracundos por sobre los socialmente aceptados. ¿Continúo acaso desfavorecido por el campo visual o efectivamente lo que tironea con su diestra es cabello de la predecesora?
-No falta a la verdad, licenciado. Lo que es más, permítame aportar que la intervención a gritos de la encargada sólo colabora con transmutar el entredicho en una mezcolanza incomprensible de idiomas.
-Tal vez debiéramos abandonar nuestra condición de espectadores e intervenir a los meros fines de prevenir una oleada de violencia. –sugirió Bisconti.
-Nuestro trabajo abarca un terreno más amplio, licenciado. De nuestro juicio depende que esta clase de hechos continúen o no sucediendo a la postre. Para ello debemos limitarnos a la abstracción. –señaló Ronchetti.
-¿Aún mientras el alterado, tal como podemos apreciar, continúe proyectando sus fluidos salivales hacia los rostros de los orientales? –cuestionó Bisconti.
-Es este justamente uno de los parámetros a tener cuenta. Excelentísimos, estimo que ya contamos con evidencia suficiente. Procedamos a regresar a nuestras oficinas para debatir con la tranquilidad necesaria, lejos de este caos derivado.
Los tres salieron del supermercado sin prestar atención a los golpes entre cliente, empleados y terceros.
Antes de cruzar la calle, Ronchetti percibió un último detalle y alertó a sus compañeros:
-¿Pueden verlo? Es el lampiño escapando del asedio oriental. Presa de la gula y el vicio, elude peatones mediante empujones y se voltea para comprobar que la distancia que lo separa de sus adversarios sea sostenible en el tiempo. Allí avanza nuestro héroe, con todo dado para disfrutar de su objeto de deseo.
Hizo una pausa y luego continuó:
-Excelentísimos, escasean los motivos para discutir. Encuentro idónea la circunstancia para tomar una decisión unilateral: productos Franbún adelantará el lanzamiento de la línea Crachitas bañadas con chocolate.

lunes, 14 de mayo de 2012

Tardes grises


Te miro Griselda, ¿y qué? Ni que tu figura remitiera al hedor de una salchicha de Retiro. No te enojes si mis ojos descansan en tu mayúsculo ser. Ese instante me aleja del tedio que significa vender seguros de nueve a dieciocho en un reducto invadido por el cigarrillo y la triste calvicie de mi jefe. Te pido, Griselda, que me entiendas cuando afirmo que sólo con tu brillo puedo alcanzar la armonía.
¿Permitirías acaso que, en lugar de verte sonreír, tenga que sumar tormentosos segundos frente a esa columna en situación de humedad? Suficiente tengo con las restantes ocho horas y cincuenta y cinco minutos en que no estás. Ay, Griselda, no me prives de tu sonrisa, no me dejes solo frente a la monocromática columna.
Tus ojos… dejame conformarme al menos con ese pestañeo indiferente que me hace olvidar del alquiler vencido, de la hernia discal, de Miguel del Sel…
Y tu nariz, Griselda… ya te comenté acerca de lo poco respingada que es en aquella infeliz ocasión en que elegiste el silencio como respuesta. Reitero, entonces, que cada milímetro que consideres prescindible es un motivo más que tengo para desearte.
Hablemos de tus piernas, Griselda. Mejor dicho, hablame vos de tus piernas, porque sabés muy bien que no puedo admirarlas si las ocultás detrás del escritorio. Lo único que tengo de ellas es un vago recuerdo del día en que pasaste al baño y el ángulo de visión confirmó mi sospecha: tienen la dosis justa de desproporción que necesito. No me hagas sufrir más, Griselda, prohibiéndome semejante espectáculo.
Si supieras cuántos besos les dio mi imaginación a esas arrugadas manos, que no saben de cremas hidratantes ni manicuras. Si al menos pudiera calmar esta agonía amparándome en tus brazos sin depilar.
Griselda, ni mis confidentes me creen cuando les aseguro que tu pelo encrespado se conjuga con tus pecas para crear una atmósfera de encanto femenino.
No me odies por ser el único que sabe contemplarte. Te sugiero que dirijas tu desprecio hacia los que no entienden de tu delicia, y que reserves para mí todo el halo de bondad que conservás en un recodo de tu corazón.
Te ruego, Griselda, que desistas de la decisión que tomaste. No soy inocente, tan solo culpable de admirar tu belleza. No me juzgues por tan poco. Dame la oportunidad de demostrarte que mis intenciones son buenas. No pretendo otra cosa que memorizar cada pequeño rasgo de tu cuerpo, para paliar mis lágrimas con tu recuerdo cada noche en que llore porque no estás.
Adiós, Griselda.

Un acto


Había alguien afuera. Descarté que fuese el verdulero apenas miré por la ventana. Se lo comenté a Carla, que veía tele.
–El verdulero no es. Nunca pasa antes de las once –dije.
–Por ahí es el chico que pide comida. –dijo Carla, acostada en el sofá.
–Me parece que no.
Ahí fue cuando reconocí todo: la espalda angosta soportando una mochila, los brazos colgando, un peinado prolijo… Y ese gesto. El mismo de siempre.
Grité un insulto, reprochado por Carla porque los chicos dormían. Cerré las cortinas, espié por un costado y, con el cuerpo encorvado, me dirigí a Carla:
–Creo que es Jiménez.
Apagó la tele y me miró desairada. No me moví hasta que ella se acercó para confirmarlo.
–Está ahí, parado, sin hacer nada –dijo.  
–Andá al cuarto que yo me ocupo.
Esperé a que subiera y abrí la puerta. Desde adentro grité:  
–¿Qué querés, Jiménez?
–Hola, señor Fraga. ¿Está Carla? –preguntó mientras buscaba un hueco por donde mirar a través del cerco.
–¿Cómo encontraste la casa? 
–Me gustaría ver a Carla, señor Fraga.
–No está.
Cerré pero volví a abrir tras recordar el consejo del psiquiatra. Fui hacia el portón.
–Jiménez, ¿por qué no te vas? Carla está de viaje. No tenés nada que hacer acá.
–No le creo, señor Fraga. Tengo todo el día para esperar. Hoy es sábado.
–Andate o te mato, loco de mierda.
–Sólo quiero hablar con Carla, señor Fraga. Quince, veinte minutos nada más. La espero acá.
–¿No me escuchaste? Rajá de acá o agarro la pistola y te cago a tiros.
Sé que no debí amenazarlo, pero había pánico en su cara, y comprendí que el plan habría resultado de no ser por su revólver.
Me forzó a dejarlo pasar y a quedarnos en el living. Yo asustado y Jiménez apuntándome a todos lados, pero también prestando atención a la casa. A las paredes, a los muebles y, sobre todo, a las fotos. Reparó en mi favorita: una joven Carla de espaldas al Aconcagua, mostrando una sonrisa que tanto extraño desde que aquel hombre irrumpió en nuestras vidas.
Jiménez permaneció en silencio durante largos segundos. Me detuve en sus gestos, que oscilaban entre la satisfacción, el desconcierto y la ansiedad.
–Llamala –me ordenó.     
Tardó en venir. La convenció quizás mi tercer grito, ya angustiado. El sonido en suspenso de sus pasos en la escalera alteró aun más los nervios de Jiménez, que sudaba y temblaba según la figura de Carla se iba completando hasta llegar a los ojos, de un verde inexacto. Qué importa el color si Jiménez y yo los amábamos. Era lo único que teníamos en común.
Gocé durante un instante al percibir lo lejos que él estaba de tomar a Carla en brazos, de apretarla contra su pecho y olvidar viejas penas. Pobre Jiménez.
–La señora Fraga está más hermosa que nunca –dijo. Y su rostro habló de esperanza, de un renacer en el espíritu.
Sentí el apretón de la mano de Carla sobre la mía. Y de nuevo el silencio. Hasta que Jiménez continuó:
–No tengo rencores, Carla. Le consta a tu marido que busqué entrar por las buenas. Sólo quería verte un rato.
–Acá me tenés.
–Bueno, no demos vueltas. Estuve ensayando. Te prometo que va a salir buenísimo.
–Jiménez… no es necesario, por favor –intervine en vano para tratar de disuadirlo. Me obligó a cerrar todas las persianas de la sala, dejando que unos pocos rayos de sol se colaran por las aberturas. Sacó una hoja del bolsillo y dio algunas indicaciones:
–Fraga, usted quédese paradito a un costado. Carla, vos ponete esto –sacó de su mochila un vestido medieval y se lo entregó a mi mujer, que una vez disfrazada me recordó a la inconcebida noche del estreno, aquella en que Jiménez vomitó toda su desdicha contra el Tristán, protagonista de la obra y supuesto ladrón de papeles estelares. Fue el abrupto final para las aspiraciones teatrales de Carla, que perdió una ilusión y ganó un calvario. Y fue, por supuesto, el desencadenante de la obsesión que Jiménez contrajo por la Isolda que había en Carla.
De nuevo lo miré. Algo en sus movimientos me hizo prever que el comienzo demoraría. Recorrió el improvisado escenario con pasos precisos y el cuello alzado, probablemente un ejercicio de precalentamiento aprendido en el taller básico. Luego se volvió hacia Carla y le preguntó si estaba lista.
–Sí –respondió mi mujer, pensando más en los chicos durmiendo que en su texto.
–Antes de empezar –retomó Jiménez volviéndose hacia mí– quisiera hacerle saber, señor Fraga, que lo desprecio con todo mi ser.
No pude replicar. Se me anticipó Jiménez con un golpe de puño seco dirigido a mi estómago. Carla reprimió el grito porque los chicos dormían.
Era el jefe, Jiménez. Pero repasando los hechos, concluí en que se había preparado mejor para este papel que para representar al héroe Tristán.
–Reina… ¿por qué me habéis llamado señor?... –fue todo lo que pudo recordar Jiménez antes de revisar el libreto por primera vez. Y continuó:
–¿No soy, por el contrario, vuestro súbdito y vuestro vasallo para reverenciaros, serviros y amaros como a reina y señora?
Carla no vio otra alternativa que continuar el juego. Lo hizo sin modular, uniendo las palabras, desafiándolo.
–No, ¡tú sabes que eres mi señor y mi dueño! Tú sabes bien que tu fuerza me domina y que soy tu sierva! ¡Ojalá hubiera avivado en su día las llagas del juglar herido! ¡Ojalá hubiera dejado morir al matador del monstruo en las hierbas del pantano!
A Jiménez le bastó la devolución. Por eso la expresión de regocijo, la misma que su profesor hubiese reprendido en un ensayo.  
Imagino que habrá confiado demasiado en sus condiciones actorales. Había que verlo con el arma en la mano y resbalando la lengua al intentar recordar las siguientes líneas frente a la mujer de su vida.
Ignoró que su esfuerzo inútil por dar con las palabras exactas repercutió en una postura absurda. Rendido ante la humillación, lo vimos arrodillarse queriendo abrazar el piso, buscando consuelo donde sólo había alfombra.
–¡No puedo, Carla! Son los nervios por tenerte en frente los que atentan contra mí.
Relajó los brazos, se tapó la cara con uno de ellos y lloró. Era el comienzo pausado y prematuro de la despedida.
Entendimos que lo mejor no era aprovecharse de su debilidad, sino dejar que las emociones lo guiaran. Arrastró los pies hacia la salida y dibujó con sus pisadas un final inesperado.
–Horacio…–Carla lo llamó, pero no quiso responder. Cerró la puerta y se fue.