Te miro Griselda, ¿y qué? Ni que tu figura remitiera al hedor de una salchicha de Retiro. No te enojes si mis ojos descansan en tu mayúsculo ser. Ese instante me aleja del tedio que significa vender seguros de nueve a dieciocho en un reducto invadido por el cigarrillo y la triste calvicie de mi jefe. Te pido, Griselda, que me entiendas cuando afirmo que sólo con tu brillo puedo alcanzar la armonía.
¿Permitirías acaso que, en lugar de verte sonreír, tenga que sumar tormentosos segundos frente a esa columna en situación de humedad? Suficiente tengo con las restantes ocho horas y cincuenta y cinco minutos en que no estás. Ay, Griselda, no me prives de tu sonrisa, no me dejes solo frente a la monocromática columna.
Tus ojos… dejame conformarme al menos con ese pestañeo indiferente que me hace olvidar del alquiler vencido, de la hernia discal, de Miguel del Sel…
Y tu nariz, Griselda… ya te comenté acerca de lo poco respingada que es en aquella infeliz ocasión en que elegiste el silencio como respuesta. Reitero, entonces, que cada milímetro que consideres prescindible es un motivo más que tengo para desearte.
Hablemos de tus piernas, Griselda. Mejor dicho, hablame vos de tus piernas, porque sabés muy bien que no puedo admirarlas si las ocultás detrás del escritorio. Lo único que tengo de ellas es un vago recuerdo del día en que pasaste al baño y el ángulo de visión confirmó mi sospecha: tienen la dosis justa de desproporción que necesito. No me hagas sufrir más, Griselda, prohibiéndome semejante espectáculo.
Si supieras cuántos besos les dio mi imaginación a esas arrugadas manos, que no saben de cremas hidratantes ni manicuras. Si al menos pudiera calmar esta agonía amparándome en tus brazos sin depilar.
Griselda, ni mis confidentes me creen cuando les aseguro que tu pelo encrespado se conjuga con tus pecas para crear una atmósfera de encanto femenino.
No me odies por ser el único que sabe contemplarte. Te sugiero que dirijas tu desprecio hacia los que no entienden de tu delicia, y que reserves para mí todo el halo de bondad que conservás en un recodo de tu corazón.
Te ruego, Griselda, que desistas de la decisión que tomaste. No soy inocente, tan solo culpable de admirar tu belleza. No me juzgues por tan poco. Dame la oportunidad de demostrarte que mis intenciones son buenas. No pretendo otra cosa que memorizar cada pequeño rasgo de tu cuerpo, para paliar mis lágrimas con tu recuerdo cada noche en que llore porque no estás.
Adiós, Griselda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario